Es el 31 de enero de este año, las 6:15pm y participo de una exhibición no solo por una invitación, pero porque se presentaban varios artistas puertorriqueños. Y aunque mi asistencia a noches de inauguración es inusual, especialmente aquellas que son lluviosas, estuve presente.

Me encontré en 20 Cooper Square en Nueva York, unos 15 minutos después de la apertura, un poco mojado por el clima pero no importa al ver presionado contra la ventanilla el letrero de RICANVISIONS: Global Ancestralities and Embodied Futures, una exposición cuyo propósito que destacar a 19 artistas, entre dos categorías: Diasporicans y Nuyoricans.

La exposición, organizada por The Latinx Project y su equipo curatorial—Andrea Sofía Matos, Ana Hilda Figueroa de Jesús y Xavier Robles Armas—marcó un hito importante para la organización. Más que una simple exhibición, fue una celebración del legado artístico puertorriqueño, alineándose perfectamente con el lanzamiento del libro Nuyorican & Diasporican Visual Art: A Critical Anthology. Editado por Arlene Dávila y Yasmín Ramírez, el libro reúne textos de investigadores e historiadores, consolidando aún más la importancia del movimiento artístico puertorriqueño en Nueva York.

Entré a la exposición, donde una multitud pequeña pero creciente observaba las obras. Hice un primer recorrido y vi el arte, que estaba dividido en dos espacios: uno en la primera planta con vista a la calle y otro en el tercer piso del edificio. Visité ambos antes de regresar a la primera planta para conversar con dos de sus curadoras, Ana y Andrea, quienes me habían invitado. Las encontré rápidamente, las saludé, las abracé y las felicité por la exposición. Tras intercambiar algunas palabras, era innegable que la multitud moderada había crecido hasta llenar completamente el lugar. Al final de la noche, más de 500 personas habían disfrutado del arte, de una vibrante mezcla de bomba, plena, salsa, merengue y reguetón, y de deliciosas empanadas del restaurante puertorriqueño Cocotazo, haciendo de la inauguración de dos horas una verdadera celebración.

En un segundo recorrido por la exposición, confirmé que las felicitaciones eran bien merecidas. La muestra estaba dividida en dos partes, con títulos que correspondían a los dos pisos. La primera planta estaba dedicada a Global Ancestralities. Aquí, dos piezas llamaron particularmente mi atención. La primera fue Jet Blu de Keysha Rivera, una escultura blanda ovalada de 15” x 13” hecha de poliéster y fibra, donde una fotografía aparece rasgada en dos por el ala de un avión, explorando la memoria y la separación de familias causada por la migración. La segunda fue ¿Y Tu Abuela, Dónde Está? de Lee Jiménez, una instalación imposible de ignorar en el centro del espacio. Consiste en una alfombra, una silla, una mesa auxiliar y un teléfono rotatorio que presenta un audio interactivo entre la artista y su madre, acompañado por los paisajes sonoros de Nueva York y Puerto Rico, reforzando la cultura migratoria de los puertorriqueños en Estados Unidos y su constante llamado a casa.

Jet Blu

2022

Keyshla Rivera

¿Y Tu Abuela, Dónde Está?

2024

Lee Jiménez

El segundo espacio, en el tercer piso, se centraba en Embodied Futures. Aquí me encontré contemplando Picturing Lifescape Sweeter (after EK) de Isaac Vázquez, una obra compuesta por tres tablones de 5 ½” x 24″ cubiertos de bicromato de azúcar. Dos tienen una capa verde cromática y colocadas en la parte superior y el tercero una tonalidad amarillo crema, evocando los paisajes playeros puertorriqueños, conectando con la memoria colectiva y la historia personal del artista. La última pieza que quiero destacar es No de Tamara Torres, un collage pintado sobre lienzo de 15″ x 28″ que reflexiona sobre el movimiento #MeToo y la lucha puertorriqueña de #NiUnaMenos, que abogan por los derechos de las mujeres, la justicia, la igualdad y visibilizan las sombras con las que muchas deben lidiar para sobrevivir—sombras que no deberían existir.

Picturing Lifescape Sweeter (after EK)

2023

Isaac Vázquez

No

2023

Tamara Torres

Desde mi perspectiva, la exposición se apartó de las constantes muestras metatextuales sobre política o la narrativa desgastada desde del huracán María, que ha dominado la última década del arte puertorriqueño. No es que no se hayan presentado obras con carga política, pero ese no era el enfoque. El propósito era presentar a 19 artistas de la diáspora y de ascendencia puertorriqueña en Nueva York. Esta mezcla resultó en un encuentro refrescante de variedad temática, abarcando la vida lejos de la isla, la migración, la herencia, la conexión cultural y las narrativas personales, además de las yuxtaposiciones entre medios tradicionales, nuevos medios, figuración, abstracción, tamaños y composiciones.

Esto es algo que rara vez vemos hoy en día y plantea preguntas importantes: ¿Podremos tener exposiciones puertorriqueñas que existan simplemente por su valor artístico? ¿Llegará un momento en que las decisiones de curadores y galerías se basen únicamente en criterios artísticos, sin depender tanto de factores externos como las subvenciones? ¿Podremos exhibir lo que se está creando ahora, sin importar el tema? Sólo sé esto: exposiciones como esta me dan esperanza.

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